Entre dos ramitas de olivo. Un nido
contiene un huevo de mirlo. Recuerdo
intacto, crianza estéril de la época de
estío. Mientras lo observo, un canto
agudo se escapa de la copa de un enorme eucaliptus. Es dulce como de
pájaro pequeño. Tal vez un carbonero garrapinos. Peculiar por estos lares.
Un milano real se deja mecer por el aire a gran altura, cercano. Y por la rivera del Ardila, luce el verde con explendor y abundancia, tras las generosas lluvias de otoño. Más, el río no está aún conforme, ya que los árboles de su orilla, mustran sus tobillos deformes.
Los petirrojos no cesan. Su reclamo está por todas partes. Dos mosquiteros son sorprendidos mientras posan en un árbol. Uno marcha y el otro, me deja observarlo, por un tiempo. Después este pequeño
pajarillo se pierde en la lejanía. Sigo adelante y me escucho un quejido de pájaro malhumorado. La garza
real no tolera bien las visitas. Siempre esquiva y desconfiada. Y en el mismo lugar, reunidos andan colmoranes, garcetas comunes y ánades
reales que huyen despavoridos por mi cercanía. Su tranquilidad, se ha visto alterada.
En la campiña frente al río, tres cogujadas de cresta gacha, picotéan de acá para allá. Cerca de ellas una lavandera blanca, de amplio babero negro, salta, moviendo la cola nerviosamente. Continúo riivera abajo, donde una pequeña cascada ríe mientras se desliza por la fina pasarela de rocas erosionadas. De la orilla junto a la cascada, brotan amasijos de troncos desnudos, formando cobijo y sombra sin forma. Por donde los mirlos pasean rasando la tierra. Y así termina esta breve historia. Momentos en un bello y escondido lugar. Donde la vegetación crece a su suerte, de forma casi virgen. Donde sus habitantes, los pájaros, viven pacíficamente. En un rincón oculto y anónimo, de los muchos que forman esta tierra desconocida. Donde la
hermosura, permanece intacta y anonima. Esperando a los ojos que sepan apreciar su belleza escondida.

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